Victor del Duca- VOCES EN CUARENTENA - EDICIONES DEL PARQUE - Buenos Aires- Argentina Acorralado
Victor
del Duca
Buenos Aires- Argentina
Acorralado
Acorralado por la
mirada y su tangente escapo. Un místico tatuaje de mar dilata mi ya mentado
ecosistema. Todos lo saben, un sínico epitafio es el rumor que tantos dientes
han censurado, soy acaso la ecochambre de una sutura genuflexa hija del
abandonado y su dejadez. Brinco gracias al espejo que jamás me condecora. Una
chatarra alquímica es la que inaugura esta suerte de talento amoratado. Nadie
incita a mi memoria al mal trago, será que el rencor ya no abanica con la saña
de antes. Hoy prefiero donar al hambre panes santificados para solo radicar en
el legajo de mi plebeya mansedumbre. Todos me miran. Es muy probable que el
oscurantismo sea mi única excusa. Acorralado por miles de palabras me esfumo
¿quién me echaría de menos en esta silueta infiel y mal iluminada? De nada
estoy seguro, pero hay algo de lo que si se es que la memoria se debilita con
el tiempo. Todos cambian de tema al llegar la veracidad del cosmos que, la
mayor de las veces, espata. Un mustio segmento delgado como una hoja de un
primogénito papel me dibuja y desdibuja a su puto criterio.
Vivo y coagulo mi
necedad en mil espantos. Amanezco sin dogmas junto al cielo que me rubrica. Un
dejo de liquidez abusa de una ajena libertadvulgar pero conforme. Habito en la
soledad del arte, esa que oculta resabios de mi insólita vejez.
Viajar consiste
en abandonar todo el tiempo de repetidas locaciones. Por eso insisto con mi
única brevedad, porque el sol ya no ilumina como antes y su antorcha solo sirve
para amasijar a la fogata y a su calma hartas de manjares y amancebadas
ilusiones. Hacia el techo contemplo estrellas hijas del estorbo, precarias pero
novedosas, son las que advierten al cielo el plagio que las corona, ese fraude
somniolento que morbidamente las excita y las espanta y las retrae a esa única
realidad que se baña en litigios y en destellos de epiléptica sangre. Un
oscurecido caníbal me subordina y me ampara en el canto de bellísimas sirenas,
allí donde el horror salpica menos y donde el mercurio y el jade saben a pronta
naftalina. Hay metálicos dones que jamás sabrán a pan en esta guerra cruel que
sin lugar a duda mezquina.

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